Imagine esta situación: Un nuevo gerente llega a la oficina donde ya existe un equipo de trabajo consolidado, donde no solo se comparte profesionalismo sino un alto grado de amistad, donde el gerente anterior logró armonizar con las personalidades de cada uno de sus trabajadores. De pronto este nuevo gerente cambia las reglas, rompe de golpe con algunos códigos de la gestión anterior, prioriza su puesto al trabajo en equipo que había logrado el gerente anterior, se preocupa por cambiar de oficina a una nueva y más grande para su comodidad y no le importa si el traslado de oficinas incomodará a su personal. Peor aún, parece desconocer las funciones de su puesto.
¿Qué pasa por la mente del personal? Que el nuevo jefe no se interesa por el bienestar del equipo. Que no hace bien su labor. Entonces pierden la mística ganada como equipo, empiezan las rencillas internas y la división jefe-subordinado se hace más notoria. Pierden el compromiso.
El líder no debe servirse de la comodidad de los demás, debe servir a los demás. Dejar de ser el centro, alejarse del ego y pensar en cómo hacer crecer al equipo lo hará merecedor del respeto, la gratitud y admiración de quienes lo sigan. Pero aquel que priorice su comodidad a la satisfacción de su gente tendrá un liderazgo corto, perderá la lealtad y el compromiso.
Lo peor es que los responsables de que los líderes sean egoístas son ellos mismos. Confunden el status con la labor gerencial aquellos que prefieren la oficina más grande para causar impresión, los que tienen parqueo propio en la playa de estacionamiento de la empresa. Para estas personas el tener un cargo gerencial y mantenerlo a costa de lo que sea es “prioridad número uno” dejando de lado el verdadero sentido de una labor que es servir a los demás.
Estamos tan concentrados en alcanzar metas, mantenernos en nuestros puestos que olvidamos que nuestra labor como líderes es cohesionar nuestro equipo. Recuerdo que cuando fui gerente de una entidad pasaron sucesivamente hechos difíciles en la oficina: La madre de una de mis asistentes falleció –con el enorme dolor que ello implica-, al hermano de mi secretaria le diagnosticaron cáncer, la suegra de una analista fallecía también, el tío de un analista también...¡y todo en menos de un mes!. Pienso que esa sucesión de hechos negativos nos hizo fuertes como equipo. Nos hizo ver que más allá de la labor lo que debe priorizar son las personas.
Por costumbre solemos pensar que en el trabajo debemos de dejar las emociones de lado. “Tus problemas los dejas en casa, aquí se viene a trabajar”. Nada más falso. Descontemos las horas que dedicamos a dormir. Saque su cuenta y verá que más del 60% de su tiempo lo pasa en la oficina. Vemos más a nuestros jefes, nuestros compañeros, nuestros colaboradores que a nuestra familia. ¿Podemos pensar que somos tan insensibles de dejar los problemas fuera?. Póngase a prueba entonces. Vaya donde la persona que trabaja para usted y pregúntele cómo le va en casa, si se siente bien, cómo va ese problema que tenía. Dele una palmada en el hombro ya sea para felicitarlo o darle ánimo. Su gente se lo agradecerá con trabajo.
Recuerde una cosa muy cierta: trabaja con personas, no con robots. Y como personas sienten. Si usted prioriza sus comodidades propias de jefe a las de su equipo simplemente no lo querrán, no habrá generado empatía ni compromiso. La oficina más grande no le genera eso.
¿Y cómo genera compromiso en las personas que trabajan para usted? Simple. Camine con su gente, conviva con ellos, aprenda de ellos. Quiéralos. Empiece por lo que ellos saben, básese en lo que ellos tienen. La mejor recompensa para usted como líder que es se la darán cuando al concluir su trabajo, al culminar su labor, su gente lo mire y diga: “Lo hicimos nosotros”.
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