En los últimos meses existe una fuerte tendencia a considerar como coaching algunas prácticas que no se enmarcan dentro de la rigurosidad en dicha labor. A veces se confunde coaching con saber dar retroalimentación a un colaborador, otras veces a ofrecer apoyo y aliento tal como lo haría un “entrenador”. Otros más temerarios involucran la idea de poder lograr todo lo que se desee mediante esta práctica. Son pocos quienes tienen claro que el coaching es una disciplina que requiere de una rigurosa formación y que, de otro lado, intenta responder a los desafíos que enfrentan las personas y las organizaciones en la actualidad, sabiendo que hay ciertos límites enmarcados dentro de los límites de nuestra propia estructura biológica. Un coach formado puede distinguir, por ejemplo, cuan importante es que el coachee pueda aceptar situaciones fácticas (no factibles de cambiar) y sabe cuando se trata de aceptación y cuando el coachee se encuentra resignado.
La Pontifica Universidad Católica del Perú ofrece desde el mes de abril un espacio formativo a través del Diploma de Formación en Coaching Profesional, para quienes desean iniciar su formación como coaches y profundizar en dominios esenciales del ser humano (cuerpo-emociones-lenguaje) para conseguir el aprendizaje transformacional requerido.
El centro de la formación en coaching es la persona y prestamos particular atención al tipo de observador que somos, nos enfocamos en el aprendizaje que transforma y no solo analizamos las acciones. Desde el coaching, podemos sostener que no existe neutralidad al momento de mirar el mundo, por el contrario, el particular modo de observar o sentir dirigen nuestras acciones. Un papá rencoroso, una esposa tierna, un profesor entusiasta, un subordinado resignado o un jefe desconfiado se predisponen a ciertas limitadas acciones y no a cualquier posible acción. Desde el coaching, nos preguntamos todo el tiempo ¿Cómo observa el mundo esta personas? ¿Desde que emociones opera en su cotidiano vivir? ¿Qué aprendizajes necesita para modificar su modo de ver el mundo o transmutar sus emociones?.
Entonces, el coaching postula lo siguiente: Si quiero resultados diferentes necesito diseñar acciones diferentes, pero es indispensable que primero comience a transformar mis modos de percibir, sentir u observar a las personas. Y las organizaciones también requieren muchas veces realizar una tarea de transformación, por ejemplo: ¿cómo está mirando una organización el mercado que se limita o se impide a si misma ejecutar ciertas acciones?. Transformar una organización tiene la necesidad de aprender para ampliar su capacidad de acción.
Por esta razón, el coaching se convierte por excelencia en un proceso de aprendizaje transformador, que rompe estructuras para construir e incorporar otras, haciendo que la persona sea más consciente y más eficaz. Es una forma de crecer y hacer crecer, de ampliar nuestra mirada hacia aquello que no creíamos posible conseguir por nuestra manera limitada de verme a mi mismo o de apreciar el mundo.
También es una forma particular de responder a los desafíos, porque se fundamenta en la confianza, el respeto y el compromiso genuino, en el cuidado y la responsabilidad compartida. Sabemos que para hacer más y mejor necesitamos convertirnos en personas capaces de realizar determinadas acciones, de allí que el coaching sea un catalizador del cambio a nivel personal y organizacional.
Mediante el coaching logramos mirar hacia delante, hacia el espacio de posibilidades que tienen el ser humano y las organizaciones, por lo tanto, aprovechamos la capacidad de aprendizaje que tiene toda persona, para que pueda enfrentar la realidad, transformarla y conseguir los resultados esperados. No es magia, es simplemente reconocer que el ser humano puede ser capaz de generar nuevas realidades, nuevos modos de ser en el mundo y nuevas formas de concebir las organizaciones.